Cita

Eduardo Rubinschik: “Si una prosa no es musical en algún sentido, para mí no vale la pena”

En su nueva novela, “La entereza”, el escritor argentino Eduardo Rubinschik le da vida a la cabeza rodante de un hombre que intenta asesinar al marido de su ex mujer y termina decapitado, configurando una delirante narración que se mueve con musical imaginación entre la comedia negra y el absurdo de la vida cotidiana.

“Si una prosa no es musical en algún sentido, para mí no vale la pena. No me refiero a lo agradable ni a lo chirriante, sino a tener, en un sentido u otro, el sonido fuertemente enfocado al momento de construir, tanto como la idea, la imagen, el tono, el ritmo ficcional”, sostuvo el autor en diálogo con Télam.

Eduardo Rubinschik (Buenos Aires, 1967) es autor del libro “Trama”, que reúne cuentos suyos y de Mariano Fiszman; del volumen de cuentos “Amor a las deudas”; y de las novelas “Lisböe o las partes del agua”, “La suma del olvido” y “El tiempo involuntario”. Para teatro, además, escribió “Con las antenas puestas” y “Las mutaciones del Mal”, en colaboración con Luis Roffman y Paco Redondo.

– Télam: ¿Cuál fue el origen de esta novela y cómo fue el proceso de escritura?

– Eduardo Rubinschik: El origen fue ni más ni menos que la ocurrencia. El punto es qué hay antes y después de ella. Antes creo que es una amalgama de opinión y sensación propia sobre distintos materiales: la ocurrencia es producto de vivencias, sueños, lecturas, y una imaginación mimada por uno. Cuando hay oportunidad de darle valor a la propia imaginación, germina. Es una planta, como decía Felisberto (Hernández). Después, el trabajo con la lengua, husmear en la propia estética personal, asaltarla, cuestionarse y seguir, cuestionarse y parar, luchar contra el clisé, luchar contra esa lucha también, para no empantanar la escritura en un regodeo zonzo. En resumen: revolver la ensalada.

– T: El lenguaje pasa por lo cotidiano, lo extraño, lo cómico y lo absurdo. ¿Te interesaba trabajar desde la mutación de procedimientos?

– E.R.: El material pide su tratamiento, orienta los cambios, ilumina el sendero a su manera un poco críptica, entonces uno debe convertirse en una especie de sabueso, para saber por dónde la cosa funciona, dónde el sentido se vuelve lo suficientemente potente y a la vez oscuro, ambiguo, como para fugarse de la redondez de un producto literario y apuntar a algo menos envasable, menos atribuible a un género cultural, que es el horror para mí. De esos cuatro aspectos que mencionás, algunos a priori quizás no los elegiría nunca, otros en cambio sí, pueden tener una mayor pregnancia en mí. Pero como el material manda, una vez lanzado al trabajo, se van intercalando, van surgiendo a medida que el relato o el ritmo narrativo lo precisan. Y por otra parte, luego de varios libros y años lo pude constatar: la mutación siempre ha sido un patrón de mi escritura.

– T: Por su trabajo con el delirio y el humor, la novela tiene alguna resonancia con la obra de Alberto Laiseca. ¿El realismo delirante tuvo que ver con la construcción del libro?

– E.R.: “Aventuras de un novelista atonal” la leí de adolescente, hace más de treinta años, y me había gustado mucho, porque recuerdo que su escritura tenía para mí un fuerte mandato de libertad. Después no volví a leer a Laiseca, casi. Pero de hecho esto de anclar en ciertas cuestiones cotidianas como fuente para determinado flujo de imaginación que quizás en el caso de “La entereza” se pueda calificar de delirante, me aproxime a su mirada.

– T: La novela tiene un movimiento musical, reflexivo y clásico en algún sentido. ¿La idea era narrar fuera de la época?

– E.R.: La época (aunque escribo la palabra con timidez, porque no sé bien de qué hablaríamos) entra medio por la ventana, nunca es molde para mi escritura. Si una prosa no es musical en algún sentido, para mí no vale la pena. No me refiero a lo agradable ni a lo chirriante, si no a tener, en un sentido u otro, el sonido fuertemente enfocado al momento de construir, tanto como la idea, la imagen, el tono, el ritmo ficcional. Para comunicar sin música están el periodismo y la ciencia, yo creo que la novela puede estar muy bien del lado de la poesía que desordene un poco todo, la época o las modas o intereses impuestos también. En ese sentido yo hablaría más de anacronismo que de clasicismo, un anacronismo que un poco enrarece el objeto y le hace perder funcionalidad, así el objeto resulta, como yo pretendo, total y absolutamente inútil.

– T: ¿Con qué literatura te sentís identificado y qué autores considerás formativos?

– E.R.: Marco apenas algunas lecturas: “Una luz muy lejana” de Daniel Moyano, hermosa novela. “Viaje a la semilla” de Jorge Barón Biza, también. Formativos fueron Arlt, Gelman, Onetti, “Zama” de Di Benedetto, “Sexo y tración en Roberto Arlt” de Masotta, Barthes, Foucault. “El espacio vacío” de Peter Brook. Un poco Freud. Leónidas Lamborghini, fabuloso burlón. Leer a Beckett fue un antídoto contra la ficción barrilete, demasiado liviana y sin raíz. “Ferdydurke” en su momento fue un faro también. Kakfa, claro, y “Viernes o los limbos del Pacífico” de Michel Tournier. Copi en “El uruguayo” o en su teatro, la libertad total. Y Stanislav Lem, un portento de imaginación y acidez.

– T: ¿Te sirvió la formación teatral para la construcción de la novela?

– E.R.: No tengo formación teatral. Me tiré un par de piletazos dramatúrgicos de puro irresponsable nomás. Y juro que lo volvería a hacer, siempre a pedido, porque lo que me nace es escribir novela.

Entrevista publicada el 28/07/2017

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